A partir de la resurrección de Jesús, los cristianos comprendemos la vida del hombre de una manera radicalmente nueva y nos enfrentamos a la existencia con su horizonte nuevo.
El mal no tiene la última palabra
Si hay resurrección, ya el sufrimiento, el dolor, la injusticia, la opresión, la muerte_ no tienen la última palabra. El mal ha quedado “despojado” de su fuerza absoluta.
Si la muerte, último y mayor enemigo del hombre, ha sido vencida, el hombre no tiene ya por qué doblegarse de manera irreversible ante nada y ante nadie. Las muertes, las luchas, las lágrimas de los hombres continuarán, pero, si se vive con el espíritu del Resucitado, no terminarán en el fracaso. Los cristianos nos enfrentamos al mal y al sufrimiento de la vida diaria, sabiendo que a una vida “crucificada” solo le espera resurrección. Nos sostiene la palabra de Jesús: “En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
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